Por Vinka Jackson. Psicóloga. Escritora. Ética del Cuidado y Prevención Abuso Sexual Infantil. “El rol del mundo adulto, cuando los niños han sufrido un trauma, es similar al de la gasa. Ésta no cura la herida, pero la protege.”- Peter Levine, Terapeuta norteamericano especialista en Trauma. “Estoy tratando de escuchar a la piedad, su idioma. Estoy tratando de inclinarme hacia los pantanos y oír lo que se confiesa limpiamente” – Jorie Graham En la esfera del abuso sexual infantil (ASI), han sido constantes las observaciones y recomendaciones a los medios -realizadas por profesionales que trabajamos con víctimas-, sobre el trato a las víctimas, y el cuidado con posibles evocaciones traumáticas debido a los lenguajes que se utilizan y a la forma -muchas veces abrupta, o sensacionalista- de abordar la noticia. También hemos advertido sobre la necesidad de proveer algún suelo, de educar, para permitirnos como ciudadanos recibir ese tipo de noticias con respeto, a consciencia, no desde el terror. Por encima de todo, hemos invocado una y otra vez al cuidado de los niños y la no vulneración de sus derechos. Sin embargo, todavía vemos que falta mucho por lograr antes de poder sentirnos tranquilos con la cobertura que se realiza en nuestro país, de casos de abuso sexual infantil. Creo firmemente que el principio fundamental de la libertad de prensa y del derecho/deber de informar, no debería ser irreconciliable con el cuidado ético de víctimas de trauma y la adhesión a marcos de derecho -nacional e internacional-que protegen a la infancia. Tampoco debería sernos ajeno el cuidado de los procesos de justicia donde se involucra a niños o víctimas de trauma. Es preciso comprender que cubrir viajes espaciales, investigaciones financieras o elecciones políticas, no es equivalente a informar sobre experiencias humanas dolorosas. Si la entrega de noticias entra en conflicto con la protección de la integridad física, psicológica o emocional de los niños, el resguardo a su privacidad o la provisión de todos los recursos necesarios para garantizar su salud y recuperación, entonces sus derechos son directamente puestos en riesgo, cuando no vulnerados. La libertad, cualquiera, supone responsabilidad. Y es entendida así, de modo universal, cuando constatamos que existen criterios reguladores para audiencias televisivas y de cine (según edad), y que la prensa en otros países tiene la obligación de publicar advertencias preventivas sobre la crudeza de imágenes, relatos, o la posibilidad de que estos despierten síntomas de estrés post traumático en personas que han vivido experiencias límite (entre las que se cuenta el A.S.I. y los asaltos sexuales). El argumento se sustenta en el respeto a derechos, la dignidad e integridad de ciudadanos y de las víctimas –y querríamos que fuera el argumento suficiente-, pero también en la precaución de no exponerse a demandas por daños morales o violación de privacidad. En un país como el nuestro, donde los derechos de los niños no son exigibles -en tanto continuemos sin ley de garantías integrales- y donde no existen reglamentos explícitos (sólo recomendaciones, sugerencias) sobre el tratamiento ético de noticias y reportajes que involucren a la infancia, dependemos del buen juicio y de la disposición sensible o humanitaria que quieran desplegar los medios: esa pregunta responsable ANTES de informar, acerca de para qué y cómo hacerlo, teniendo en cuenta a quiénes se debe proteger y de qué manera debe ser presentada la información –y cuál- para honrar ese cometido de cuidado. No es cuidado cuando media la destemplanza, la selección tendenciosa de información, el encono en la manera de contar (o titular, o publicitar) una historia. No es cuidado olvidar el respeto que expresa una noticia por todos los seres humanos involucrados en una experiencia durísima como el ASI, partiendo por niños y niñas, y pensando también en comunidades, o la sociedad en su conjunto. Lamentablemente, el propósito de mucha información que se comparte sobre A.S.I. en nuestro país, confunde o sólo alarma -o directamente daña, atiza la turba y ahonda la herida moral de personas y comunidades. Más que llamar a poner atención o crear consciencia, lo que vemos es la incitación de un pánico efímero y sensacionalista que a poco andar se disipa, dejando a la indiferencia o al olvido su lugar acostumbrado cuando lo que necesitamos, urgentemente, es crear consciencia, educar para la prevención y el autocuidado, y compartir herramientas para apoyar a víctimas y comunidades. Viendo o leyendo noticias muchas veces, cuesta creer que alguien se pregunte nada sobre los niños y sus seres queridos (co-víctimas), o los docentes, personal y familias que son parte de una comunidad educativa, o el barrio, y el país completo. Se informa -o vocifera, a veces- cualquier día lunes sobre “denuncia en fiscalía por posible abuso sexual en jardín infantil equis” (el momento en que se inicia la investigación), dos días después: “van tres niños abusados en ese jardín”, y en cuatro días, “nueve son los niños violados/ultrajados/en jardín investigado”. Cuando consultamos por la verificación de estos diagnósticos terribles, resulta que todavía están en proceso o no son concluyentes. ¿Qué pasa si encima son un “error”? (ver video en corte). ¿Qué sucede si se vincula el abuso de un niño o niña pequeños a un profesor, y resulta que ese abuso sí ocurrió, pero en el hogar? Los procesos de evaluación diagnóstica, y de investigación en la justicia merecen respeto, tiempo. Cuidado. A lo anterior, se suman arengas y francas incitaciones a linchamientos públicos vía medios o redes sociales -no sólo en voz de medios de prensa, sino de activistas, y hasta de profesionales vinculados a casos, cuestión que los colegios profesionales y universidades deberían sancionar- antes de que siquiera se cuente con procesos judiciales terminados. O se realizan -así sea veladamente- llamados a la caza o exterminio de “pedófilos” sin realizar distinciones, por ejemplo, entre el ofensor que efectivamente tiene una parafilia e innumerables víctimas a su haber, de aquel que abusó como resultado de un accidente cerebral que alteró su conducta (se ha observado en ancianos, y no, no justifica nada, pero es una realidad), o